Que las pequeñas cosas no te engañen. Son pequeñas, pero no sencillas. Tienen trampa. Y es que, esas pequeñas cosas, no sirven de nada si no las compartes con alguien a quien quieres. Porque solo cuando las compartes, las pequeñas cosas, pasan a convertirse en auténticas joyas. Las joyas de verdad, no están en los museos ni en las cajas fuertes. Las joyas de verdad no brillan, ni deslumbran. Las auténticas joyas no son las que te hacen más rico. Son las que te hacen sonreír. No me considero alguien codiciosa, no necesito muchas joyas. Me conformo con volver a sentirme viva. Quiero volver a sentir que alguien se preocupa por mi. Quiero volver a sentir que hay alguien de quien me quiero preocupar. La felicidad es un arma de doble filo. No hay nada mejor cuando la tienes, pero si la pierdes, te quedas hecha polvo. Porque al final del día, es cuando te das cuenta que lo importante, seas una capuya o una iluminada, es que tienes dos opciones, y hay que elegir. Puedes elegir la opción fácil, dejarte caer y hundirte. O puedes elegir la opción difícil, seguir buscando. Y entonces, si tienes un poco de suerte, una de esas joyas pasará por delante para darte el valor necesario y volver a la superficie.

La vida fluye entre frases de canciones, días de sol o lluvia, y viajes entre las páginas de los libros, aportándole motivos para soñar. Hay sueños y sentimientos que si nunca ven la luz, ni sienten el calor del sol, formarán a pasar parte de recuerdos olvidados que tarde o temprano acabarán congelándose de tal manera que nadie se acuerde de ellos. Los elegidos tendrán el privilegio de transformarse en textos que inunden tu mirada.
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